Día tras día la flor susurraba silencio. No necesitaba nada, tenía todo lo que necesitaba y se sentía tan llena de alegría que empezó a dejarse guiar por lo que una vez pensó que nunca podría guiarla. Los vientos volvían con nuevas historias y ella ya no era “la flor del miedo” sino que se acercaba cada vez más a otro nombre muy diferente: la flor de la esperanza. Los pétalos se iban, algunos volvían y otros no pero ya no pensaba en si lo conseguirían o no sino en si los que volvieran traerían noticias divertidas del exterior.
Poco a poco recibió más y más historias del viento, más noticias divertidas de los pétalos y así continuó su vida cotidiana: convertida en realidad pujante por amanecer en cada instante.
Sin embargo, al cabo del tiempo la flor se dio cuenta de que el viento soplaba cada cierto tiempo en la misma dirección. No es que trajera la mismas historias, ya que los pétalos siempre iban y volvían y simplemente ahí ya había novedad, sino que se dio cuenta de que ella misma ya no podía crecer hacia arriba. El viento hacía que su tallo se orientara hacia donde él quería, pero si empezaba a romper el equilibrio de lo novedoso volviendo a las mismas direcciones cada cierto tiempo el tallo se encorvaría y dejaría de crecer.
Esa felicidad que antes sentía ya no era una constante, sino que se veía empañada por estos pequeños momentos. Las historias perdían su encanto, el campo ya no se veía claro y libre en todo su alrededor y ella empezaba a dudar. Ese susurro interior que antes la guiaba era más tenue (o quizás es que ya se había acostumbrado a él) y el horizonte se veía lejos, muy lejos.
Pero es que hacía ya tiempo, desde aquel primer susurro en el corazón, existía algo que le daba otra dimensión a su existencia.