Folium Rafa

Domingo 20 Diciembre, 2009

Un pequeño cuento (y II)

Archivado en: General — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 3:47 AM

Día tras día la flor susurraba silencio. No necesitaba nada, tenía todo lo que necesitaba y se sentía tan llena de alegría que empezó a dejarse guiar por lo que una vez pensó que nunca podría guiarla. Los vientos volvían con nuevas historias y ella ya no era “la flor del miedo” sino que se acercaba cada vez más a otro nombre muy diferente: la flor de la esperanza. Los pétalos se iban, algunos volvían y otros no pero ya no pensaba en si lo conseguirían o no sino en si los que volvieran traerían noticias divertidas del exterior.

Poco a poco recibió más y más historias del viento, más noticias divertidas de los pétalos y así continuó su vida cotidiana: convertida en realidad pujante por amanecer en cada instante.

Sin embargo, al cabo del tiempo la flor se dio cuenta de que el viento soplaba cada cierto tiempo en la misma dirección. No es que trajera la mismas historias, ya que los pétalos siempre iban y volvían y simplemente ahí ya había novedad, sino que se dio cuenta de que ella misma ya no podía crecer hacia arriba. El viento hacía que su tallo se orientara hacia donde él quería, pero si empezaba a romper el equilibrio de lo novedoso volviendo a las mismas direcciones cada cierto tiempo el tallo se encorvaría y dejaría de crecer.

Esa felicidad que antes sentía ya no era una constante, sino que se veía empañada por estos pequeños momentos. Las historias perdían su encanto, el campo ya no se veía claro y libre en todo su alrededor y ella empezaba a dudar. Ese susurro interior que antes la guiaba era más tenue (o quizás es que ya se había acostumbrado a él) y el horizonte se veía lejos, muy lejos.

Pero es que hacía ya tiempo, desde aquel primer susurro en el corazón, existía algo que le daba otra dimensión a su existencia.

Abandonarse

Archivado en: Guadalupe, Mi filosofía — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 3:27 AM

Las personas tendemos a pensar que podemos tener todo amarrado, o que todo puede salir de la forma que creemos que es la mejor. Nos encanta sonreír al comprobar cómo otras personas o momentos se chocan contra aquellas barreras que nosotros hemos puesto para contener lo que pueda pasar. Niños que dejan de divertirse porque creemos que es demasiado peligroso que sean felices saltando y atrayendo miradas de adultos indiscretos o curiosos; adultos que pasan por el suplicio de querer algo que no pueden conseguir simplemente porque estaría mal visto o porque “puede que a alguien le haga daño” (cuando en realidad lo que tenemos es miedo de que no nos salga bien); y también, por supuesto, jóvenes que tienen un futuro alentador pero a la vez responsabilizador de todas y cada una de sus acciones en el presente. Estos jóvenes intentan controlar lo que pasa a su alrededor para que nada, NADA pueda cambiar lo que ellos creen que es lo mejor por encima de todo.

Sí señores, el abandono está detrás de todas estas puertas cerradas. Hace unos días lo experimenté en mis propias carnes, y por supuesto no conseguí superar la prueba. Resulta que fuimos a patinar mi grupo de la parroquia, y casi todos sabían patinar menos dos: una chica y yo. Yo personalmente iba confiado, siempre he sido deportista y estaba esperanzado en que no me costara aprender una actividad física nueva. Se podría decir que en mi cabeza estaba la regla de tres de que si sabía jugar bien al baloncesto, entonces patinar sería simplemente como aprender un movimiento más. Y eso nunca me ha costado mucho.

Ah amigo, pero es que últimamente también me he dado cuenta de otra cosa: el baloncesto y sus movimientos tienden más al control de los miembros del cuerpo para lograr un objetivo que el de dejar que el cuerpo se mueva con libertad para conseguir belleza. Y así fue como no supe abandonarme para que fuera el hielo el que me hiciera patinar: yo estaba obstinado en hacer que fueran mis piernas las que me llevaran sobre el hielo. Pasaron las horas y mientras que la otra chica se veía que aprendía a pasos agigantados, yo no había logrado soltarme de la valla más de 3 segundos.

No sé abandonarme. Y sospecho que no soy el único. Pensamos que lo hemos conseguido, que ya hemos logrado aprender a abandonarnos cuando es necesario y a controlarnos cuando también lo es, pero no. Ahora entiendo lo que dice la gente que sabe de que nunca alcanzamos la verdad al 100%. No es por tiempo, ni por la cantidad de conocimiento científico que existe (que también, pero no es exclusivo): es porque pensamos que controlamos algo, pero en realidad cuando de verdad controlamos algo es más bien que ese algo nos controla a nosotros.

Mañana voy a asistir a unos votos perpetuos de uno de los hermanos de la comunidad de los Misioneros del Espíritu Santo (MsPS, “mispis” para los amigos). Y el viernes, durante su envío, me quedó rondando en la cabeza todo lo que nos había dicho y lo que significaba: habló de plenitud, de vocación, de camino… Nada me sonaba a chino, pero Nacho me transmitía algo que ahora puedo poner con palabras: él ya sabe quién es, y su decisión de dedicación a la vida consagrada es parte de la realización de sí mismo. Pero esa decisión tan dura en algunos tramos del camino se hace clara y meridiana cuando llegas al final: no soy yo quien se responsabiliza, sólo soy un pobre siervo que se entrega a Alguien que nos Ama y que, particularmente, me ama con locura.
Este misionero ha dejado atrás rostros en varios países de América, vidas compartidas y sueños realizados y construidos durante su estancia en diferentes comunidades, con diferentes personas y en diferentes actividades. Sabe lo que es perder, dejar atrás para irse a otro sitio, no olvidando pero sí con la determinación de seguir cumpliendo con su vocación en todo momento. Y ahora va a tomar el siguiente paso, el “para siempre”, el “por siempre jamás”. Se abandona por completo.

¿Cuántos matrimonios se sostienen por esto? ¿Cuántos viudos y viudas, cuántos solteros y solteras continúan con fe su camino por haber sido capaces de abandonarse?

Comprobaron con su vida que el control pone límites, mientras que el abandono da alas. Ojalá no dejemos nunca de abandonarnos poco a poco, hacia una vida libre y auténtica al 100%, con las personas a las que amamos y sin el temor de que “algo salga mal”.

Martes 24 Noviembre, 2009

Amor y entrega

Archivado en: Amor y pareja, Mi filosofía — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 1:15 AM

La definición de “amar” que más me ha marcado a mí es la de “dar de lo poco, todo”. Desde que la escuché ha sido mi referente a la hora de pensar en este tema tan manido y tan importante, y hoy mucho me temo que voy a escribir acerca de ponerlo en práctica en la vida real, con un amor no teórico sino real y con una persona no ideal sino… sí, efectivamente, MUY real.

En toda pareja hay disidencias, encontronazos, discusiones fuera de tono (por uno y por otro lado) y hasta rupturas temporales. Suele ser lo común, pero la verdad es que es de alegrarse que ocurra todo eso. Aprendemos, vivimos, sentimos, pensamos… el dicho que dicta “lo mejor de las peleas es la reconciliación” cobra un nuevo sentido cuando amas a alguien y discutes con él o ella.

Sin embargo, hay algunas de estas discusiones que son punto de inflexión. No tratan precisamente de cómo llamar a ese hipotético hijo que hipotéticamente tendríamos si hipotéticamente nos casáramos en algún hipotético día: trata de qué hacer con los padres si no saben que estamos saliendo, o qué decir cuando una amiga común está mal con uno y trata de mejorar con la ayuda del otro, o qué decidir cuando hablamos de entrega sin miedos y sin metas aquí y ahora.

Para los primeros meses de la relación no hace falta más que vivir el momento y no hacer cosas que tú, simplemente, no quieres hacer. O más bien crees que no quieres hacer. Pero cuando vivís momentos, os dáis cuenta de cosas que en verdad sentís y el corazón empieza a latir a ritmo de salsa cuando el otro os mira a los ojos en cualquier momento… entonces ya la cosa cambia. No se trata sólo de palabras bonitas, de besos apasionados y sinceros, de consejos de amigo y de miradas de enemigo amoroso.

Ya empiezan a juntarse líneas de vida y si alguno de los no lo evita empezaréis a vivir en otra realidad. Pero para meterse de lleno en ella hace falta una cosa: determinación y compenetración. Uno puede ir a remolque en unas cosas, otro en otras diferentes pero al final cuando entráis en ese punto de “mixing up” hay que superar puntos en todas ellas.

Ahora no llegamos a que amar es dar de lo poco todo, no: ahora partimos de que amar es dar de lo poco que somos, todo. Los miedos existirán, pero la voluntad es más fuerte: no en vano el amor es la fuerza más poderosa de este maravilloso universo (o en palabras de la película Moulin Rouge, what a wonderful world). No podemos continuar dando de lado nuestras perspectivas por aspirar a ser absolutas: cuando viene una intuición que corta de raíz con lo que antes se había pensando, préstala atención. Si es una intuición que nace no del egoísmo, ni del interés vano, ni de ningún valor mundano sino que nace de una consciencia de amor pleno y sincero, haz caso.

Entregar todo es difícil, pero no imposible. Confiar en ello es difícil, pero no imposible. El mundo es una caja de sorpresas, y a mí ahora se me viene una pregunta a la cabeza: ¿por qué no ser?

No metas el pie en el río y te quedes ahí parado: zambúllete, nada, disfruta, sumérgete y escucha el rumor del agua que abre caminos en vez de esperar a que se los abran. Dios te ama. Nada es imposible para Ti, reza una canción de la Hermana Glenda. Menos palabras… y más vivencias. No hagas locuras: ni te dejes llevar por tonterías, ni dejes escapar la belleza de la vida.

Para Stephanie, a quien amo y quien me hace feliz y siempre me enseña.

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