La vivencia de un sentimiento tan intenso como es el amor no es, en ocasiones, nada fácil. Multitud de factores externos e incluso internos nos ponen en jaque cada vez que nos ocurre algo, pensamos algo o simplemente dejamos de sentir como antes sentíamos. El corazón dicta unas leyes que son tremendamente exigentes y que no aprendemos a cumplir sin esfuerzo, pero sin embargo cuando nos saltamos una ley es rápidamente asimilable la posibilidad de que el sentimiento haya desaparecido. Es como cuando un hombre que nunca ha robado porque no es justo prueba una vez, y se da cuenta de que le puede salir muy bien si lo hace correctamente. Olvida que el robo no es justo y que por eso no lo hacía antes, porque sentía y estaba seguro de que estaba mal. Una vez lo ha hecho, se comienza a preguntar: ¿realmente es tan malo? ¿acaso no nos roban a nosotros con tan altos precios? ¿o es que nadie más aparte de mí ha robado nunca? Multitud de justificaciones surgen de la nada para apoyar un deseo de infinito falso, porque es un infinito inventado y narcisista y no un infinito real y compartido.
Con el amor puede pasar algo parecido. En ocasiones sentimos algo diferente, y por este hecho empezamos a cuestionarnos: ¿debería sentir esto? no, ¿no? ¿o sí? ¿conozco a alguien que sienta esto y que piense que no pasa nada? ¿y cuánta gente conozco que decide “cambiar” su sentimiento por sentir algo así? En mi humilde opinión, la segunda opción suele ser más ampliamente escogida que la primera. ¿Por qué, me pregunto yo? ¿Tiene sentido? Yo creo que nuestra mentalidad social nos anima a estar siempre bien con alguien, y por instinto de supervivencia (sí, ese que poseemos los animales y que los guía allá donde van) protegemos a toda costa el bien que ya hemos vivido. Jesús propuso una manera diferente de vivir esto, y no es porque lo haya propuesto él simplemente por lo que yo lo defiendo sino porque he sentido y he llegado a la misma conclusión que Él: ¿por qué quedarse en lo vivido, en lo establecido, en el pecado si alguien nos ama? ¿por qué tener miedo a lo que pueda venir, y no entusiasmarse por eso mismo?
Los cambios en los humanos siempre han sido traumáticos. Cuanto más grande, más traumático porque menos “estabilidad”, menos “seguridad” tenemos. Sin embargo, creo que si miramos a nuestro alrededor nos damos cuenta de que esa estabilidad es “estabilidad” porque es falsa, y esa seguridad es “seguridad” porque más que seguridad nos proporciona miedos. ¿Alguien entiende que pensemos que es mejor quedarse en casa a riesgo de que llueva cuando los niños llevan tanto tiempo deseando salir al campo con nosotros? ¿o por qué en vez de hablar, de sentir y de mirar al frente para dar el siguiente paso bien dado decidimos callar, sólo pensar y mirar hacia atrás para encontrar tranquilidad? No tiene sentido, pero el problema es que para darse cuenta de eso no se puede pensar con la cabeza: es el corazón, el alma la que puede llegar a esta conclusión.
Así visto, normal que el amor no se sepa nunca con certeza: ¿cómo saber algo al 100%, si nos negamos a llegar hasta el final del libro? Es más fácil, sí, es cierto. Es más fácil decir “aquí acabo”, porque la mente se queda tranquila: vuelvo a depender de mí misma para construir mi futuro. Sin embargo, al cabo del tiempo uno se da cuenta de que hizo una tontería (hablo por propia experiencia) y de que fue el “aquí acabo” lo que me impidió vivir como yo realmente quería durante un largo tiempo. El amor no es un camino de rosas, pero es tremendamente divertido. Si no queremos pasarlo bien, quizás si no somos conscientes de lo bien que podemos pasarlo, el amor se convierte en un simple compromiso. ¿Cuántas parejas rompen por esto? El compromiso no es malo, pero estoy de acuerdo en que no basta para vivir. La vida no es sólo un compromiso, de lo contrario no se llamaría “vida” sino “compromiso”. Sin embargo, todos sabemos que no es malo. ¿Qué falla? ¿No sabemos divertirnos? Divertirse implica cambiar, aunque sea para sonreír más a menudo; ¡ah! Pero el cambio no es fácilmente asimilable, ya lo hemos visto. Hay que jugársela, ¿a qué te la juegas tú?
Yo decidí divertirme, y aprendí que ser quien soy es tremendamente divertido. Aprendí que la intuición no provoca dudas, que es nuestra cabeza lógica la que las provoca; aprendí que los sueños no son imposibles, sino que son verdaderamente reales porque la vida, como dijo Calderón de la Barca, es sueño; aprendí que puedo jugar con mucha gente, y que eso implica que no estoy solo así que dejé de temer que me abandonaran los que yo nunca abandonaría. Pero todo esto lo aprendí a base de golpes: yo, el chico que tanto piensa, que tanto razona, que tan poco siente (¿verdad, Guada?) se dio cuenta de que la intuición es maravillosa; yo, el hombre que estudia ingeniería para construir lo posible y desestimar lo imposible o costoso, aprendí que los sueños son imposibles sólo si nosotros queremos, porque la vida en sí es un regalo que ningún ingeniero jamás podrá construir; y finalmente yo, el chico al que “le gusta estar solo”, quien disfruta cuando tiene ratos para sí, que no sale todos los viernes de botellón o llama a cualquiera para hablar con alguien, aprendí que es simplemente alucinante el significado y las consecuencias vitales del “no estoy solo”. Tengo 21 años, y he tardado mucho en aprender esto. Me queda aún mucho que aprender (¿verdad, Stephanie?), pero lo vivo con lo que ya he vivido, sin mirar hacia atrás pero partiendo desde cada preciso momento.
Todos los días me pregunto, ¿quién soy? Me levanto y voy a la universidad, cuando acabo voy a estudiar a la biblio o a casa a cenar y después me acuesto. ¿Es esto lo que soy? Yo dije hace ya tiempo (eso lo aprendí rápido): NO. Yo soy el chico que se acuerda de su chica nada más levantarse y por eso le da una perdida, el chico que se queda embobado con los profesores que explican tan bien que entran unas ganas tremendas de saberlo todo, el chico que llama a su amiga Clara para preguntarle, simple y llanamente, cómo está. También soy el chico que sonríe cuando ve a un niño, que llora cuando algo le hace daño y que ríe cuando su corazón estalla en alegría. Estudio en la biblio no porque sea mi obligación, sino porque allí pasé un enorme verano donde aprendí muchísimo y además disfruté del “no estoy solo” como nunca lo había hecho; voy a casa a cenar porque mi madre me quiere, mi hermano me espera y yo los quiero a los dos; si no hubiera un plato de comida iría igual. Me acuesto no porque la biología me lo exija, sino porque en la cama puedo soñar que no tengo miedo, que nadie tiene miedo y que todos somos felices existiendo, puedo soñar que amo sin límites y que me entrego al mundo en cada persona que conozco.
Cuando vienen las dificultades, no me vengo abajo: simplemente me replanteo y siento, siento mucho para ver y no sólo pensar, para vibrar y no sólo percibir. Trato de no negarme a mí mismo, de ser quien soy y de dejar al amor que guíe mi camino, que nunca me dé miedo y que cada día abra las puertas de un nuevo día. Me cuesta, sí, no soy un super hombre (¡ay!, mi querido y leído Nietzsche) pero sí soy yo, soy Rafa, y hay gente que cree que verdaderamente no soy nadie, sino que existo y es una alegría tanto para mí como para ellos.
Dejemos hacer al amor, no queramos hacer nosotros el amor. Yo ya lo intenté y creo que con bastante fuerza, con todo mi intelecto y toda mi fuerza de voluntad al servicio de esta tarea, pero no lo conseguí simplemente porque no soy yo, porque el amor duele y yo no quería entenderlo, porque el amor es inefable y tenía miedo de vivirlo. No sabemos ponerle palabras, no sabemos de dónde viene y menos a dónde va, pero es la razón de nuestra existencia. Disfrutemos de él, disfrutemos de nuestra vida.
El amor no tiene por qué ser doloroso… mejor dicho no lo es cuando es verdadero….lo que duele es la falta de cuidado, y la falta de sinceridad. Cuando te llegas a enamorar, y no te mientes, el amor no duele, el amor GRATIFICA.
Comentario por laura — Miércoles 18 Febrero, 2009 @ 9:50 PM |
Hola Laura:
Creo que no es necesario que exista contradicción entre gratificar y doler; de hecho, creo que un dolor verdadero, como tú dejas entrever con lo que dices de falta de sinceridad, es realmente gratificante porque lo que hace feliz a uno, lo que hace que mentir sea una locura, es que toda negación del yo es inútil y por su propia naturaleza (es negación, al fin y al cabo) es mentira. Negar el dolor es negar nuestra humanidad: sufrir el dolor es decir sí a nuestro corazón.
Me gustaría añadir una cosa más: la gratificación es un concepto que se suele asociar a la instantaneidad. Yo creo que la vida es la mayor gracia que tenemos, y creo que aunque en ocasiones digamos que la vida es una desgracia nuestros corazones están muy seguros de que la vida es simplemente maravillosa. Gratificar es sacar un 10 después de estudiar 9 meses, y no aprobar un examen estudiado en un día.
Comentario por Rafael Gálvez Vizcaíno — Jueves 19 Febrero, 2009 @ 11:06 AM