Folium Rafa

Domingo 28 Diciembre, 2008

Soy joven, Señor

Archivado en: Guadalupe — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 2:43 pm

Soy joven, Señor, y quiero vivir con fuerza y alegría; soy joven y quiero estrujar mi vida y llegar hasta el fondo; soy joven y, la verdad, Señor, no sé lo que es vivir a veces; soy joven y busco caminos, aunque no he encontrado el sendero cierto.

Tú amas la vida, señor Jesús, y quieres al joven en pie, firme; amas la vida y has roto las ataduras de la muerte, resucitando; tienes Palabras de vida eterna para el corazón del hombre, y le has dado el pan de vida para que camine con valor.

Señor de la vida: quiero vivir desde el centro de mi ser.

Señor de la vida: quiero ser feliz y mantener mi dignidad.

Señor de la vida: quiero enraizar mi vida en ti, que eres Amor.

Yo sé, Señor, que hay cosas que matan y llevan a la tumba; yo sé que cuando vivo mi egoísmo con rabia y desenfreno, me estoy muriendo; yo sé que cuando me entrego a la evasión del juego, estoy muriendo; yo sé que cuando huyo en alas de velocidad, estoy muriendo; yo sé que cuando vivo cosas, de objetos.. ¡me estoy muriendo!

Quiero vivir, Señor: hacer de la verdad el camino para mis pasos.

Quiero vivir, Señor: hacer del amor limpio la norma de mi conducta.

Quiero vivir, Señor: hacer de la libertad espacio para mi búsqueda.

Quiero vivir, Señor: hacer del servicio la constante de mi vida.

Quiero vivir, Señor: hacer de la reconciliación un camino de paz.

Quiero vivir, Señor: hacer de la esperanza una fuerza hacia delante.

Quiero vivir, Señor: hacer de la oración un lugar de encuentro contigo.

Quiero vivir, Señor: hacer de la justicia un camino hacia el hermano herido.

Quiero vivir, Señor: hacer de la humildad la base de cuanto soy.

Aquí me tienes en busca de bien y la aceptación de tus mandatos.

Aquí me tienes en lucha contra el mal y en decisión de vivir el bien.

Aquí me tienes en lucha con mi propia vida y en decisión de vivir el bien.

Aquí me tienes en tensión con mi provia vida, con mi corazón.

Aquí me tienes con ganas de ser auténtico, sencillamente yo.

Aquí me tienes junto a ti, Señor Jesús, Señor de la VIDA.

Soy joven, Señor

Archivado en: Guadalupe — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 2:39 pm

Soy joven, Señor, y quiero vivir con fuerza y alegría; soy joven y quiero estrujar mi vida y llegar hasta el fondo; soy joven y, la verdad, Señor, no sé lo que es vivir a veces; soy joven y busco caminos, aunque no he encontrado el sendero cierto.

Tú amas la vida, señor Jesús, y quieres al joven en pie, firme; amas la vida y has roto las ataduras de la muerte, resucitando; tienes Palabras de vida eterna para el corazón del hombre, y le has dado el pan de vida para que camine con valor.

Señor de la vida: quiero vivir desde el centro de mi ser.

Señor de la vida: quiero ser feliz y mantener mi dignidad.

Señor de la vida: quiero enraizar mi vida en ti, que eres Amor.

Yo sé, Señor, que hay cosas que matan y llevan a la tumba; yo sé que cuando vivo mi egoísmo con rabia y desenfreno, me estoy muriendo; yo sé que cuando me entrego a la evasión del juego, estoy muriendo; yo sé que cuando huyo en alas de velocidad, estoy muriendo; yo sé que cuando vivo cosas, de objetos.. ¡me estoy muriendo!

Quiero vivir, Señor: hacer de la verdad el camino para mis pasos.

Quiero vivir, Señor: hacer del amor limpio la norma de mi conducta.

Quiero vivir, Señor: hacer de la libertad espacio para mi búsqueda.

Quiero vivir, Señor: hacer del servicio la constante de mi vida.

Quiero vivir, Señor: hacer de la reconciliación un camino de paz.

Quiero vivir, Señor: hacer de la esperanza una fuerza hacia delante.

Quiero vivir, Señor: hacer de la oración un lugar de encuentro contigo.

Quiero vivir, Señor: hacer de la justicia un camino hacia el hermano herido.

Quiero vivir, Señor: hacer de la humildad la base de cuanto soy.

Aquí me tienes en busca de bien y la aceptación de tus mandatos.

Aquí me tienes en lucha contra el mal y en decisión de vivir el bien.

Aquí me tienes en lucha con mi propia vida y en decisión de vivir el bien.

Aquí me tienes en tensión con mi provia vida, con mi corazón.

Aquí me tienes con ganas de ser auténtico, sencillamente yo.

Aquí me tienes junto a ti, Señor Jesús, Señor de la VIDA.

El elefante encadenado

Archivado en: Cuentos, Guadalupe — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 2:27 pm

- No puedo – le dije – ¡NO PUEDO!
- ¿Seguro? – me preguntó el gordo.
- Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento… pero sé que no puedo.

El gordo se sentó a lo Buda en esos horribles sillones azules de consultorio, se sonrió, me miró a los ojos y bajando la voz (cosa que hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente), me dijo:

- ¿Me permites que te cuente algo?

Y mi silencio fue suficiente respuesta. Jorge empezó a contar:

Cuando yo era chico me encantaban los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto a una cadena que aprisionaba una de sus patas en una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio era evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia:

- Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido una respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

Hasta que un día, terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

- Y así es, Demian. Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes cuando éramos chiquitos, probamos y no pudimos. Hicimos entonces lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo:

NO PUEDO… NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ.

Hemos crecido portando ese mensaje qeu nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar. Como mucho, cuando de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo y confirmamos el estigma:

¡NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ!

Jorge hizo una larga pausa; luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió: esto es lo que te pasa, Demian; vives condicionado por el recuerdo de que otro Demian, que ya no es, no pudo. Tu única manera de saber es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

… TODO TU CORAZÓN

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