Folium Rafa

Domingo 28 Diciembre, 2008

El elefante encadenado

Archivado en: Cuentos, Guadalupe — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 2:27 pm

- No puedo – le dije – ¡NO PUEDO!
- ¿Seguro? – me preguntó el gordo.
- Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento… pero sé que no puedo.

El gordo se sentó a lo Buda en esos horribles sillones azules de consultorio, se sonrió, me miró a los ojos y bajando la voz (cosa que hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente), me dijo:

- ¿Me permites que te cuente algo?

Y mi silencio fue suficiente respuesta. Jorge empezó a contar:

Cuando yo era chico me encantaban los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto a una cadena que aprisionaba una de sus patas en una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio era evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia:

- Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido una respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

Hasta que un día, terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

- Y así es, Demian. Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes cuando éramos chiquitos, probamos y no pudimos. Hicimos entonces lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo:

NO PUEDO… NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ.

Hemos crecido portando ese mensaje qeu nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar. Como mucho, cuando de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo y confirmamos el estigma:

¡NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ!

Jorge hizo una larga pausa; luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió: esto es lo que te pasa, Demian; vives condicionado por el recuerdo de que otro Demian, que ya no es, no pudo. Tu única manera de saber es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

… TODO TU CORAZÓN

Parábola del hombre de las manos atadas

Archivado en: Cuentos, Pascua 2008 — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 1:33 pm

Érase una vez un hombre como todos los demás. Un hombre normal, con sus cualidades y defectos. No era diferente.

Pero una noche, repentinamente… sonaron unos golpes secos a su puerta. Cuando salió se encontró a sus amigos. Eran varios y habían venido juntos. Sus amigos le ataron las manos.

Después le dijeron que así era mejor; que así, con sus manos atadas, no podría hacer nada malo (y se olvidaron de decirle que tampoco podría hacer nada bueno).

Y se fueron, dejando un guardián a la puerta para que nadie pudiera desatarle.

Al principio se desesperó y trató de romper las ataduras. Cuando se convenció de lo inútil de sus esfuerzos, intentó poco a poco acomodarse a su nueva situación.

Poco a poco consiguió valerse para seguir subsistiendo con las manos atadas. Inicialmente le costaba hasta quitarse los zapatos. Hubo un día en que logró liar y encender un cigarrillo. Y empezó a olvidarse de que antes tenía las manos libres.

Mientras tanto, su guardián le comunicaba, día tras día, las cosas malas que hacían en el exterior los hombres con las manos libres. Pero el guardián se olvidaba de decirle las cosas buenas que hacían esos mismos hombres con las manos libres.

Pasaron muchos años… El hombre llegó a acostumbrarse a sus manos atadas. Y cuando su guardián le señalaba que, gracias a aquella noche en que entraron a atarle, él, el hombre de las manos atadas, no podía hacer nada malo, se olvidaba de decirle que tampoco podía hacer nada bueno.

El hombre comenzó a creer que era mejor vivir así, con las manos atadas. Además estaba tan acostumbrado a las ligaduras…

Pasaron muchos años, muchísimos años… Un día sus amigos sorprendieron al guardián, entraron y rompieron las ligaduras que ataban sus manos. “Ya eres libre”, le dijeron.

Pero habían llegado demasiado tarde. Las manos de aquel hombre estaban totalmente atrofiadas.

Lunes 17 Noviembre, 2008

Un pequeño cuento

Archivado en: Amor y pareja, Cuentos — Rafael Gálvez Vizcaíno @ 11:06 am

Érase una vez una flor que dormía en los campos más graciosos del planeta Silencio. Esta flor era pequeñita, apenas se podía sostener a sí misma, y aunque pueda parecer mentira la belleza que indudablemente poseía no se exteriorizaba de forma llamativa. En su lugar de vida, el que traía las noticias de otros mundos era el viento, unas veces poderoso y temible y otras veces sencillo y tremendamente amable. Decía muchas cosas y contaba tantas historias que las flores, atentas en todo momento a su cálido susurro, escuchaban anonadadas realidades de increíble alegría y paz inefable.

Esta flor tan sepecial no era sino la que más aterrada escuchaba lo que contaba el viento. ¿Que por qué? Bueno, pues sobre todo porque disfrutaba tanto escuchando y soñando que temía que si soñaba ya nunca podría ser como las flores del sueño. Se decía a sí misma: “No tengo que soñar tanto, solo soy una flor y no puedo conseguir todo lo que mis pétalos recogen para salir a volar. Mis pétalos se van y yo me quedo, sólo puedo seguir creciendo y dando alas a más pétalos que, como los anteriores, echarán a volar con los sueños que el viento les contará”.

Y así ocurrió durante las primeras visitas de un poderoso viento. Contaba historias de necesidades, de guerra interior, de sueños costosos y de errores inesperados. La flor, más aterrada de lo que se esperaba al principio, no pudo hacer otra cosa que perder no uno, sino varios pétalos de su corona. Esto no le gustó, no se lo esperaba, así que cuando el viento, por cosas del destino, las volvió a llevar a donde estaba ella, estalló de alegría. ¡Las había recuperado! Y no venían de vacío: ellas mismas traían historias que habían visto vivir con sus propios ojos, historias que narraban apasionantes encuentros y bonitas reconciliaciones. Hubo una en particular que contaron con especial énfasis e intención, y esto provocó que la flor se empapara del espíritu que transmitía. Tanto es así que cuando se volvieron a ir los pétalos lo que le ocupaba la cabeza no era la despedida sino algo nuevo para ella, nuevo y muy interesante: el amor verdadero.

Estuvo pensando un tiempo, unas veces con mucha energía y otras con la intención de dejarlo por imposible. Sin que ella se diera cuenta, en todos esos vaivenes entre la euforia y la tristeza su corazón fue creciendo poco a poco, sin grandes estragos pero imparable hacia un lugar muy desconocido para ella: el horizonte.

En su planeta, el horizonte era algo casi mítico, como divino, y ella sin darse cuenta se estaba acercando a él como si estuviera dando un placentero paseo por un paisaje muy conocido. Lo que tampoco sabía nuestra flor era que este paisaje tan conocido no era otra cosa que su propio interior, ese interior que aunque ella no se había dado cuenta contenía todas las historias que sus amados pétalos proclamaban a los cuatro vientos, esas historias que marcaban un antes y un después para sus protagonistas, esas historias que un día ella se había negado a creer.

De pronto, en medio de todo este magnífico susurro interior, ocurrió algo.

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